
Es el retorno. Un instante apenas en el Paraíso. Se milita, se gana, se pierde. La soledad al fin. Luego, el retorno. Sobre este vaivén se retuerce el amor. Y Piedad Bonnett nos acerca a “ese cuento eterno”- diría Almela (2008)- donde la distancia pareciera multiplicar su tiempo. En efecto, la autora nos habla de la cercanía entre cuerpos que alguna vez se amaron y el deseo impotente de regresar.
Pero en un primer momento, en su poema El forastero, Bonett nos presenta el advenimiento del amor, su remanso, su estadía, y la vuelta a la realidad que emerge cuando se despierta del embelezo:
Otra vez ha llegado el arrogante amor sin anuncio
Y se ha instalado aquí
Donde tu nombre comienza a ser un árbol
Que me da sombra con sus siete letras
sin permiso sin prisa- con un rostro tan nuevo
que no reconocí sus ojos antiquísimos
sus garras de milano
su paciencia
ha dado órdenes para que el sol alumbre
y ha clavado su espuela
aquí donde tus ojos me pierden y me ganan
aquí donde tu voz
donde tu mano
lustra la piel de este animal que tiembla
hirsuto y tan hermoso
que ahora es guerrero el sueño al que despierto
mientras la muerte huye
de nuevo estoy a salvo (p.11)
Estar a salvo es admitir que la sombra, el cobijo, la lumbre, pertenecen a un sueño. Despertar es sentirse liberado de un mal irremediablemente hermoso; se prueba la miel, se viven sus ahogos, se superan los tráfagos, y se resucita para volver al paraíso perdido. Este poema da inicio a la visión del amor desde su naturaleza y luego - la naturaleza contrasta con el arte y lo supera. Es considerado ingenuo. “Para lo ingenuo se requiere que la naturaleza venza al arte, ya sea contra lo que la persona sabe y quiere, ya con su plena conciencia”. Schiller, 2000. (p. 5)
La idea representada del amor es lo amado en sí, una alusión a la entrañable infancia que nos motiva a querer regresar. Por ello, los poemas de Bonnett nos ofrecen tantas veces su apego a la distancia, el revolcarse sobre la imagen que se ha extraviado para retenerla:
Millones de hombres y mujeres respiran mientras
que yo te busco en la memoria
Y te maldigo a ti
Imposible y único
Precisamente a ti
Precisamente (p.64)
Gracias a la tradición adquirimos un modelo ideal del amor: eterno, paciente. A éste nos acoplamos y vamos en busca de él toda la vida pero Piedad, quien ya está a salvo, puede verlo como un pasaje transitorio:
Es extraño que todo esto va a pasar
Que un día va a pasar
Y entonces quedaré definitivamente sola. (p. 73)
El hecho de que la poeta vea este “dulce mal” –Almela (2008)- como un instante, no significa que perderlo sea simple, más bien punzante. La soledad, en ocasiones, es el resultado de haber amado en demasía y se instala y es espuela para quien la vive. Es también sinónimo de impotencia:
Pero en un primer momento, en su poema El forastero, Bonett nos presenta el advenimiento del amor, su remanso, su estadía, y la vuelta a la realidad que emerge cuando se despierta del embelezo:
Otra vez ha llegado el arrogante amor sin anuncio
Y se ha instalado aquí
Donde tu nombre comienza a ser un árbol
Que me da sombra con sus siete letras
sin permiso sin prisa- con un rostro tan nuevo
que no reconocí sus ojos antiquísimos
sus garras de milano
su paciencia
ha dado órdenes para que el sol alumbre
y ha clavado su espuela
aquí donde tus ojos me pierden y me ganan
aquí donde tu voz
donde tu mano
lustra la piel de este animal que tiembla
hirsuto y tan hermoso
que ahora es guerrero el sueño al que despierto
mientras la muerte huye
de nuevo estoy a salvo (p.11)
Estar a salvo es admitir que la sombra, el cobijo, la lumbre, pertenecen a un sueño. Despertar es sentirse liberado de un mal irremediablemente hermoso; se prueba la miel, se viven sus ahogos, se superan los tráfagos, y se resucita para volver al paraíso perdido. Este poema da inicio a la visión del amor desde su naturaleza y luego - la naturaleza contrasta con el arte y lo supera. Es considerado ingenuo. “Para lo ingenuo se requiere que la naturaleza venza al arte, ya sea contra lo que la persona sabe y quiere, ya con su plena conciencia”. Schiller, 2000. (p. 5)
La idea representada del amor es lo amado en sí, una alusión a la entrañable infancia que nos motiva a querer regresar. Por ello, los poemas de Bonnett nos ofrecen tantas veces su apego a la distancia, el revolcarse sobre la imagen que se ha extraviado para retenerla:
Millones de hombres y mujeres respiran mientras
que yo te busco en la memoria
Y te maldigo a ti
Imposible y único
Precisamente a ti
Precisamente (p.64)
Gracias a la tradición adquirimos un modelo ideal del amor: eterno, paciente. A éste nos acoplamos y vamos en busca de él toda la vida pero Piedad, quien ya está a salvo, puede verlo como un pasaje transitorio:
Es extraño que todo esto va a pasar
Que un día va a pasar
Y entonces quedaré definitivamente sola. (p. 73)
El hecho de que la poeta vea este “dulce mal” –Almela (2008)- como un instante, no significa que perderlo sea simple, más bien punzante. La soledad, en ocasiones, es el resultado de haber amado en demasía y se instala y es espuela para quien la vive. Es también sinónimo de impotencia:
Pero nombrar tu sexo vuelve papel tu bella furia
ciega
Te aleja de mi sexo que está triste
porque es sólo la noche
cuando escribo tu sexo cuatro letras
cuando pienso tu sexo y el tiempo abre un paréntesis
Y estás en otra parte
Y cruzas otro río (p.25)
Desde la imposibilidad del encuentro, el amor se torna áspero, la ansiedad apremia. Son notorias algunas marcas en los poemas de Bonett: la distancia, la brevedad, la espera. Todos ellos convergen en la intención de dar fe de que el amor, en medio de su ineludible realidad, es áspero, sigue doliendo:
y esperar otra noche
y esperar otro día
una rayuela eterna pintada con tiza de colores
y saltar arrastrando la pizarra
domingo
lunes
martes
y al final ningún cielo (p. 59)
El amor, este instante impotente, nos ha hecho entender que la perpetuación es parte de esa imagen moral que se ha forjado desde la naturaleza. Nos dice Schiller (2000): “La complacencia en la naturaleza no es estética, sino moral; porque no es producida directamente por la contemplación, sino por intermedio de una idea”. Si para una de las diferentes concepciones del amor, éste todo lo puede y todo lo soporta, Piedad nos dice que no, que no puede el amor con tanto, que no siempre es posible la vida, los besos, el encuentro. Agujas, uno de sus extraordinarios poemas, ha tomado de la tradición amorosa, la espera, el tejido que se trenza mientras llega el amado, pero la distancia, la ausencia, le dan su característica de impotencia:
De siglos vienes desde siempre venías
A cumplir esta cita
Yo esperaba
Tejiendo con paciencia mis palabras
Y ahora que has llegado
Es un naufragio un día sin no verte
Y el tejido se enreda y sumo y resto
En mi álgebra una hora es sesenta ausencias
Y una ausencia es la vida que se va de las manos
Y verte es el reloj sin manecillas
El instante impotente
El beso que hoy me das y mañana me quitas (p.21)
Pero, ¿quien no quiere ir de vuelta a ese momento de dudas, aguardos, huidas? ¿Quién no desea, después de atravesar este Éufrates, reanudar la vida en un paraíso impotente pero deleitable? Todos vamos tras el hallazgo de lo perdido, puesto que “es capaz de unir lo que alguna vez estuvo separado y de separar lo que una vez estuvo unido” (Almela, 2008). Es preciso entonces, continuar echando este “cuento eterno”.
ciega
Te aleja de mi sexo que está triste
porque es sólo la noche
cuando escribo tu sexo cuatro letras
cuando pienso tu sexo y el tiempo abre un paréntesis
Y estás en otra parte
Y cruzas otro río (p.25)
Desde la imposibilidad del encuentro, el amor se torna áspero, la ansiedad apremia. Son notorias algunas marcas en los poemas de Bonett: la distancia, la brevedad, la espera. Todos ellos convergen en la intención de dar fe de que el amor, en medio de su ineludible realidad, es áspero, sigue doliendo:
y esperar otra noche
y esperar otro día
una rayuela eterna pintada con tiza de colores
y saltar arrastrando la pizarra
domingo
lunes
martes
y al final ningún cielo (p. 59)
El amor, este instante impotente, nos ha hecho entender que la perpetuación es parte de esa imagen moral que se ha forjado desde la naturaleza. Nos dice Schiller (2000): “La complacencia en la naturaleza no es estética, sino moral; porque no es producida directamente por la contemplación, sino por intermedio de una idea”. Si para una de las diferentes concepciones del amor, éste todo lo puede y todo lo soporta, Piedad nos dice que no, que no puede el amor con tanto, que no siempre es posible la vida, los besos, el encuentro. Agujas, uno de sus extraordinarios poemas, ha tomado de la tradición amorosa, la espera, el tejido que se trenza mientras llega el amado, pero la distancia, la ausencia, le dan su característica de impotencia:
De siglos vienes desde siempre venías
A cumplir esta cita
Yo esperaba
Tejiendo con paciencia mis palabras
Y ahora que has llegado
Es un naufragio un día sin no verte
Y el tejido se enreda y sumo y resto
En mi álgebra una hora es sesenta ausencias
Y una ausencia es la vida que se va de las manos
Y verte es el reloj sin manecillas
El instante impotente
El beso que hoy me das y mañana me quitas (p.21)
Pero, ¿quien no quiere ir de vuelta a ese momento de dudas, aguardos, huidas? ¿Quién no desea, después de atravesar este Éufrates, reanudar la vida en un paraíso impotente pero deleitable? Todos vamos tras el hallazgo de lo perdido, puesto que “es capaz de unir lo que alguna vez estuvo separado y de separar lo que una vez estuvo unido” (Almela, 2008). Es preciso entonces, continuar echando este “cuento eterno”.
