martes, 7 de julio de 2009

Rigor, fuerza y riesgo desde lo femenino




Desde principios del siglo XX en Venezuela, se abre un amplio camino a la poesía escrita por mujeres: Enriqueta Arvelo Larriva, María Calcaño, Elizabeth Schön, Luz Machado, Ana Enriqueta Terán e Ida Gramcko, quienes generaron una conciencia de género y le otorgaron un valor especial a la inserción de su obra en el campo cultural. A pesar de que su producción se ha hecho sentir con importantes reconocimientos a nivel nacional e internacional, aún hay muchas de estas autoras ocultas y otras olvidadas. Es evidente la escasa atención académica que se les ha dado, y por ello, no hay un verdadero trabajo que devele la verdadera propuesta que éstas nos ofrecen. Puesto que la literatura no tiene sexo, la dificultad para el trabajo de esta poesía, no es precisamente el enfrentamiento hombre- mujer al que se ha sometido la obra, sino la percepción del mundo y su abordaje. No se trata pues, de que la mujer ha asumido el rol masculino para decir lo que de él mismo ha concebido; se propuso más bien a hablar sobre aquello de lo cual el hombre no podía: el parto, la menstruación, el aborto, la maternidad. En la poesía venezolana producida por mujeres en el siglo XX, el amor, el cuerpo, la familia, la convivencia en pareja, han dejado de ser símbolos hermosos. Un ejemplo lo constituye el descarno con el que las autoras invalidan la sublimación del matrimonio y se atreven a decirlo, según su época. Con ello, la mujer asume un alto compromiso de romper con el estilo tradicional ya acabado para presentar una escritura que muchos han denominado equivocadamente antipoesía o negación de lo poético. En este sentido, la mujer adopta un estilo rebelde y sensible, sin obviar el discurso bajo, oscuro, humillante, que no teme rebajar el lenguaje poético a lo sórdido. Así, la poesía adopta el chiste, la burla, el sarcasmo, la ironía para generar una obra distinta. Hay que aceptar, pues, “la naturaleza viva y mutante del lenguaje cuando expresa la también cambiante realidad”. Pantin (1999) Hoy, la poesía escrita por mujeres venezolanas cobra cuerpo desde la expresión propia de autoras de la primera década del siglo XX hasta su cumbre. En ella se “encarna la doblez subjetividad-objetividad, clave del pensamiento contemporáneo”. Rodríguez (2005) Es ésta una poesía signada por la exploración cada vez más interna del tema femenino, entendido desde la proyección interior del como sujeto de impresiones físicas y psicológicas propias de la mujer, donde el lenguaje se resignifica para hablar desde la experiencia real de lo femenino. “Escribe en fin, para vivir, para consagrar (entregar y también transformar en sagrado por la voluntad de la palabra) su vida a ese destino” Rodríguez (2005) Vanessa Anaís Hidalgo Profa. Castellano, Literatura y Latín.

jueves, 9 de abril de 2009

Un instante impotente. (Aproximación a la poesía amorosa de Piedad Bonnett)



Es el retorno. Un instante apenas en el Paraíso. Se milita, se gana, se pierde. La soledad al fin. Luego, el retorno. Sobre este vaivén se retuerce el amor. Y Piedad Bonnett nos acerca a “ese cuento eterno”- diría Almela (2008)- donde la distancia pareciera multiplicar su tiempo. En efecto, la autora nos habla de la cercanía entre cuerpos que alguna vez se amaron y el deseo impotente de regresar.
Pero en un primer momento, en su poema El forastero, Bonett nos presenta el advenimiento del amor, su remanso, su estadía, y la vuelta a la realidad que emerge cuando se despierta del embelezo:

Otra vez ha llegado el arrogante amor sin anuncio
Y se ha instalado aquí
Donde tu nombre comienza a ser un árbol
Que me da sombra con sus siete letras

sin permiso sin prisa- con un rostro tan nuevo
que no reconocí sus ojos antiquísimos
sus garras de milano
su paciencia
ha dado órdenes para que el sol alumbre
y ha clavado su espuela
aquí donde tus ojos me pierden y me ganan
aquí donde tu voz
donde tu mano
lustra la piel de este animal que tiembla

hirsuto y tan hermoso
que ahora es guerrero el sueño al que despierto
mientras la muerte huye

de nuevo estoy a salvo (p.11)

Estar a salvo es admitir que la sombra, el cobijo, la lumbre, pertenecen a un sueño. Despertar es sentirse liberado de un mal irremediablemente hermoso; se prueba la miel, se viven sus ahogos, se superan los tráfagos, y se resucita para volver al paraíso perdido. Este poema da inicio a la visión del amor desde su naturaleza y luego - la naturaleza contrasta con el arte y lo supera. Es considerado ingenuo. “Para lo ingenuo se requiere que la naturaleza venza al arte, ya sea contra lo que la persona sabe y quiere, ya con su plena conciencia”. Schiller, 2000. (p. 5)
La idea representada del amor es lo amado en sí, una alusión a la entrañable infancia que nos motiva a querer regresar. Por ello, los poemas de Bonnett nos ofrecen tantas veces su apego a la distancia, el revolcarse sobre la imagen que se ha extraviado para retenerla:

Millones de hombres y mujeres respiran mientras
que yo te busco en la memoria
Y te maldigo a ti
Imposible y único
Precisamente a ti
Precisamente (p.64)


Gracias a la tradición adquirimos un modelo ideal del amor: eterno, paciente. A éste nos acoplamos y vamos en busca de él toda la vida pero Piedad, quien ya está a salvo, puede verlo como un pasaje transitorio:

Es extraño que todo esto va a pasar
Que un día va a pasar
Y entonces quedaré definitivamente sola. (p. 73)

El hecho de que la poeta vea este “dulce mal” –Almela (2008)- como un instante, no significa que perderlo sea simple, más bien punzante. La soledad, en ocasiones, es el resultado de haber amado en demasía y se instala y es espuela para quien la vive. Es también sinónimo de impotencia:


Pero nombrar tu sexo vuelve papel tu bella furia
ciega
Te aleja de mi sexo que está triste
porque es sólo la noche
cuando escribo tu sexo cuatro letras
cuando pienso tu sexo y el tiempo abre un paréntesis
Y estás en otra parte
Y cruzas otro río (p.25)


Desde la imposibilidad del encuentro, el amor se torna áspero, la ansiedad apremia. Son notorias algunas marcas en los poemas de Bonett: la distancia, la brevedad, la espera. Todos ellos convergen en la intención de dar fe de que el amor, en medio de su ineludible realidad, es áspero, sigue doliendo:

y esperar otra noche
y esperar otro día
una rayuela eterna pintada con tiza de colores
y saltar arrastrando la pizarra
domingo
lunes
martes
y al final ningún cielo (p. 59)



El amor, este instante impotente, nos ha hecho entender que la perpetuación es parte de esa imagen moral que se ha forjado desde la naturaleza. Nos dice Schiller (2000): “La complacencia en la naturaleza no es estética, sino moral; porque no es producida directamente por la contemplación, sino por intermedio de una idea”. Si para una de las diferentes concepciones del amor, éste todo lo puede y todo lo soporta, Piedad nos dice que no, que no puede el amor con tanto, que no siempre es posible la vida, los besos, el encuentro. Agujas, uno de sus extraordinarios poemas, ha tomado de la tradición amorosa, la espera, el tejido que se trenza mientras llega el amado, pero la distancia, la ausencia, le dan su característica de impotencia:

De siglos vienes desde siempre venías
A cumplir esta cita

Yo esperaba
Tejiendo con paciencia mis palabras

Y ahora que has llegado
Es un naufragio un día sin no verte

Y el tejido se enreda y sumo y resto
En mi álgebra una hora es sesenta ausencias
Y una ausencia es la vida que se va de las manos

Y verte es el reloj sin manecillas
El instante impotente
El beso que hoy me das y mañana me quitas (p.21)



Pero, ¿quien no quiere ir de vuelta a ese momento de dudas, aguardos, huidas? ¿Quién no desea, después de atravesar este Éufrates, reanudar la vida en un paraíso impotente pero deleitable? Todos vamos tras el hallazgo de lo perdido, puesto que “es capaz de unir lo que alguna vez estuvo separado y de separar lo que una vez estuvo unido” (Almela, 2008). Es preciso entonces, continuar echando este “cuento eterno”.


EL CUERPO HENDIDO:
RESIGNIFICACIÓN DE LO CORPÓREO EN LA POESÍA DE MARÍA AUXILIADORA ÁLVAREZ


Por: Vanessa Hidalgo


A finales del siglo XX el cuerpo femenino se incorpora a la literatura latinoamericana en una nueva dimensión, pues se denuncia la violencia ejercida contra él, desde lo doméstico y lo clínico. Las construcciones ideológicas como el cuerpo, la sangre y los vestigios que deja la maternidad, han dejado de ser símbolos hermosos y se manifiestan sin el pudor al que estamos acostumbrados. Éste es el caso de la obra de María Auxiliadora Álvarez donde la sangre del flujo menstrual, ausente en la poesía descrita por hombres, adopta una visión distinta a la de fertilidad y creación. El desgarro del parto visto como metáfora de la escritura, se textualiza como símbolo de identidad femenina y se resignifica en la poesía de Álvarez. Con ello, la escritora asume un alto compromiso de romper con el estilo modernista ya acabado, para presentar una obra que muchos han denominado antipoesía o negación de lo poético.
Hubo un momento literario en el que se analizaban los temas que socavaban a la mujer escritora, pero en este siglo se desprende una escogencia de temas considerados pocos relevantes, temas de los cuales la mujer no se hubiese atrevido a hablar doscientos años atrás. Nos dice Forgues (1991)

“Hay zonas que el hombre no ha tocado nunca porque cree que no son ‘importantes’ y considera indigno mencionarlas. A la mujer, en cambio, no le importa; no tiene vergüenza de no escoger temas ‘importantes’ para hacer poesía”. (Samoilovich, 1995).




En este sentido, María Auxiliadora Álvarez se manifiesta desde lo contemporáneo, desde lo salvaje y sensible, sin obviar el discurso bajo, oscuro, humillante, un discurso que no teme rebajar el lenguaje poético a lo sórdido. Así, la poesía adopta el chiste, la burla, el sarcasmo, la ironía para generar una obra distinta. Para entender esto, diría Pantin (1999) hay que aceptar “la naturaleza viva y mutante del lenguaje cuando expresa la también cambiante realidad”.

Cuerpo, es la obra de Álvarez en la que se reconocen estos rasgos de una nueva escritura donde se ataca la posición social de la mujer en su arquetipo materno, donde se suprimen el cuerpo femenino como objeto de deseo y placer y se acercan a la cruda realidad de exponer el cuerpo a sacrificios físicos y emocionales como la enfermedad, la maternidad y el aborto. Con esto da inicio a una visión del cuerpo como proveedor de una enfermedad. Ésto no se había observado en la poesía femenina. El cuerpo como elemento erótico no es el cuerpo de María Auxiliadora Álvarez. En la poesía de Álvarez el cuerpo materno es vejado por la ciencia y expuesto por el ultraje científico:

el tema de la maternidad deja de ser idealizado por la mujer (desde la visión externa del hombre) y es visto como una experiencia hospitalaria y aterradora. El parto es tratado como una carnicería, los médicos- los hombres- son carniceros y la madre- esa figura noble y abnegada que conocemos desde la tradición- es una vaca que ingresa con otras mujeres al matadero.
Es Cuerpo, el poemario en el que la experiencia de la maternidad se convierte en “diario de reclusa y de ser condenada a ser cuerpo” Crespo, (2001). La mujer escritura se niega categóricamente a parir desde el momento en que se rebela contra ese estado de miedo que significa asumir su feminidad con el primer monstruo: “el cuerpo de mujer que no permite que la especie se instale en ella sin oponer resistencia”.

Cuerpo explora la imagen de la madre, se detiene en el alumbramiento sin rechazar la maternidad pero mostrando otra visión de ésta con la mera intención de develar “el tránsito de la violencia y de dolor inmedibles que rodean las circunstancias biológicas y emocionales de la madre en el trance de la procreación y del hijo en el trance en un hospital de América latina” (Álvarez, 2003). Puesto que la maternidad es un estado ligado estrechamente a la feminidad por su constitución psíquica, física y biológica, la autora nos recuerda que es entonces la mujer la encargada de decirlo todo sobre ello, es su experiencia la valedera y no el imaginario masculino del cual se hablaba.
El dolor, el alumbramiento, se denotan desde su primer poema

María Auxiliadora Álvarez habla de la mujer como un cuerpo derrotado, flácido, en contraposición de la “elegancia ceñida del hombre y con la piel suave, lisa y elástica” De Beavouvoir, S. (1970) de la mujer que no ha parido. Simultáneamente se detiene un cuerpo bacheleriano (la casa, el cobijo, el resguardo materno) y otro cuerpo vacío, “de abdomen grande oscuro de vagina, de pie descalzo sangriento y lento, de ojo de miedo” cuando se transforma en tierra de nadie, cuando no da vida sino muerte. El cuerpo en su poesía es abundante: reclama, sufre pero no se calla:

Un espacio oscuro
que recorro con la lengua
y me sabe a semen
a sangre
a agua de renacuajo

Frente al dolor y la vejación, la mujer es para Álvarez:

Un animal quieto
amarrado
hinchado
habitual
muerto

Hoy, la poesía escrita por mujeres venezolanas cobra cuerpo desde la creación propia de autoras. Es ésta una poesía signada por la exploración cada vez más interna del tema femenino, entendido desde la proyección interior del cuerpo como sujeto de impresiones físicas y psicológicas propias de la mujer donde el lenguaje se deconstruye para hablar desde la experiencia real de lo femenino.

Cada poema se hace visible, se pasa del comentario doliente de la mujer hacia la exposición del tema del cuerpo. Más que denuncia, la poeta que ha escrito desde su propio lenguaje, pone de relieve su visión de lo femenino-real. Así, pues, la corporalidad que se intentaría reivindicar a lo largo de la poesía de género, se manifiesta a partir de las autoras, quienes impulsan su resignificación desde una explicita subjetividad que la ubica junto al lector, en el lugar de espectador, pero a la vez de actor.
La poesía que nos presenta María Auxiliadora es de carácter múltiple y se configura a partir de espacios corporales. Las alusiones hacia el cuerpo problematizan el sistema social en el que se/nos desarrollan/mos. Su cuerpo hendido se articula como una invitación formal al lector a transformarse en un cuerpo. La declaración del cuerpo es la manera posible que las autoras nos proponen para escudriñar la enfermedad/herida del cuerpo, ya sea del vestuario del hombre o las cicatrices de los géneros.